
Marcos 1,1-8
Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Está escrito en el profeta Isaías: "Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: "Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos."" Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaba sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán. Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba: "Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo."
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Comenzamos en este segundo domingo de Adviento la lectura del Evangelio según san Marcos, que es el que escucharemos la mayor parte de los domingos y solemnidades de este año litúrgico.
En la primera frase se hace una síntesis completa del contenido fundamental de la predicación apostólica testificada en este libro: “Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios” (v. 1).
La palabra griega euangelios significa “buena noticia”. ¿Cuál es esa buena noticia que interesa a todas las gentes? Nada más y nada menos que Jesús es el Cristo (es decir, el Mesías, el descendiente de David cuyo reino no tiene fin) y además es el Hijo de Dios hecho hombre que vino al mundo para salvarnos.
El “evangelio”, la proclamación de esta buena noticia, no terminó con lo que se narra en este libro, sino que sigue abierto y cada uno de nosotros estamos llamados a ser protagonistas. Este libro es sólo el “comienzo del Evangelio” como lo señala san Marcos, el lugar en donde encontramos la fuerza y las referencias fundamentales para nuestra vida y para la tarea que nos incumbe a todos los cristianos de hacer llegar este mensaje gozoso a todas las personas de todos los tiempos.
Los profetas del Antiguo Testamento habían anunciado las intervenciones de Dios, que sale de lo inescrutable para juzgar y salvar, y envía mensajeros para consuelen a su pueblo y preparen su venida, de modo que el salvador pueda encontrar cuando llegue las puertas abiertas.
San Marcos menciona al inicio de su Evangelio unas palabras de Malaquías: “Mira que envío a mi mensajero delante de ti, para que vaya preparando tu camino” (Ml 3,1) y otras de Isaías: “Voz del que clama en el desierto: ‘Preparad el camino del Señor, haced rectas sus sendas’” (Is 40,3).
Para preparar el camino a Jesús, Dios envió un precursor, Juan el Bautista. San Marcos lo presenta como un hombre muy sobrio: llevaba un vestido de pelo de camello ceñido con una correa de cuero y se alimentaba con saltamontes y miel silvestre, el alimento más sencillo que podía encontrarse en el desierto de Judea.
En una ocasión, hablando con sus discípulos, Jesús lo contrapone a los poderosos que “llevan finos ropajes” y “se encuentran en los palacios reales” (Mt 11,8). Este ejemplo es particularmente oportuno en estas fechas, señalaba Benedicto XVI, “especialmente en preparación para la fiesta de Navidad, en la que el Señor –como diría san Pablo– ‘siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza’ (2 Co 8, 9)”[Benedicto XVI].
El mensaje de Juan el Bautista no se limita a ofrecer su testimonio de un estilo de vida sobrio, sino que va más allá, con un enérgico llamamiento a la conversión. Sus palabras mueven a llevar a cabo un profundo cambio interior que comienza por el reconocimiento y la confesión de los propios pecados.
En este tiempo de Adviento su figura y su predicación nos invitan a entrar en nosotros mismos para hacer un examen sincero de nuestra vida y preparar el camino del Señor, rectificando nuestros caminos en todo lo que nos hayamos apartado de Él.
“El tiempo de Adviento es tiempo de esperanza –decía san Josemaría–. Todo el panorama de nuestra vocación cristiana, esa unidad de vida que tiene como nervio la presencia de Dios, Padre Nuestro, puede y debe ser una realidad diaria. Pídelo conmigo a Nuestra Señora, imaginando cómo pasaría ella esos meses, en espera del Hijo que había de nacer. Y Nuestra Señora, Santa María, hará que seas alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, ¡el mismo Cristo!”[Es Cristo que pasa, 11].