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Lectura espiritual

PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO. En la alegre esperanza de Cristo

PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO (1 de 5)
En la alegre esperanza de Cristo
Lucas Buch

¿Qué hace valiosa la vida? ¿Qué hace valiosa mi vida? En el mundo actual, la respuesta a esta pregunta gira a menudo alrededor de dos polos: el éxito que uno es capaz de alcanzar, y la opinión que los demás tienen de él. No se trata, desde luego, de cuestiones banales: la opinión ajena tiene consecuencias en la vida familiar, social, profesional; y el éxito es la expectativa lógica de lo que emprendemos. Nadie se pone a hacer algo con el objetivo de fracasar. Sin embargo, de hecho, a veces en la vida hay pequeñas o no tan pequeñas derrotas, o sucede que los demás se forjan una opinión de nosotros en la que quizá no nos reconocemos.

La experiencia del fracaso, del desprestigio, o la conciencia de la propia incapacidad —ya no solo en el mundo laboral, sino incluso en el empeño por vivir una vida cristiana— pueden llevarle a uno al desánimo, al desaliento y, en último término, a la desesperanza. En la actualidad es más fuerte que en otras épocas la presión por tener éxito a distintos niveles, por ser alguien, o al menos por poderse decir que uno es alguien. Y, en realidad, más que en lo que uno es —hijo, madre, hermano, abuela—, los focos están puestos en lo que uno es capaz de hacer. Por eso se es hoy más vulnerable a los distintos tipos de derrotas que suele traer consigo la vida: reveses que antes se resolvían o se sobrellevaban con entereza, hoy causan con frecuencia una tristeza o frustración de fondo, desde edades muy tempranas. En un mundo con tantas expectativas y desengaños ¿es posible aún vivir, como proponía san Pablo, «alegres en la esperanza» (Rm 12,12)?

En su carta de febrero de 2017, el prelado del Opus Dei dirige la mirada hacia la única respuesta verdaderamente lúcida a esta pregunta; una respuesta que se alza con un sí decidido: «haz, Señor, que desde la fe en tu Amor vivamos cada día con un amor siempre nuevo, en una alegre esperanza». Aunque a veces la desesperanza pueda parecer menos ingenua, lo es solo al coste de cerrar los ojos al Amor de Dios y su permanente cercanía. Lo recordaba el papa Francisco en una de sus catequesis sobre la esperanza: «La esperanza cristiana es sólida. Por eso no decepciona (…). No está fundada sobre lo que nosotros podemos hacer o ser, y tampoco sobre lo que nosotros podemos creer. Su fundamento, es decir el fundamento de la esperanza cristiana, es lo más fiel y seguro que existe: el amor que Dios mismo nos tiene a cada uno de nosotros. Es fácil decir: Dios nos ama. Todos lo decimos. Pero (…) cada uno de nosotros ¿es capaz de decir: estoy seguro de que Dios me ama? No es tan fácil decirlo. Pero es verdad».