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Lectura espiritual

LA VOCACIÓN DE MARÍA. La anunciación

LA VOCACIÓN DE MARÍA (1 de 4)
La anunciación
María Candela

Hace dos mil años existió una pequeña casa de ladrillo incrustada en la roca, en una aldea remota de Palestina, que fue el escenario donde tuvo lugar el acontecimiento más grande de la historia. Aunque no hayamos viajado allí, ese rincón –que jamás habría pasado a los libros y ni tan siquiera a los mapas– ha sido objeto de la imaginación de generaciones de cristianos y son incontables los artistas que, con más o menos verosimilitud, lo han plasmado en sus obras.

Seguramente habremos escuchado muchas veces el diálogo (cfr. Lc 1,26-38) que mantuvieron entre esas paredes una joven de nombre María y el arcángel Gabriel, enviado por Dios. Un intercambio de palabras al que podemos volver siempre –lo hacemos todos días al recitar el ángelus–, pues se trata de un momento cumbre en el pacto entre Dios y los hombres.

Un corazón orante

Podemos entrar con la imaginación en un día que empieza a clarear. Es una tibia mañana de primavera y el silencio reina aún entre las callejuelas de Nazaret, interrumpido solo esporádicamente por unas pisadas, el trote de un borrico o un diálogo mantenido en voz baja. Como otras mañanas, María se ha despertado temprano. Antes de marchar al pozo a por agua, le gusta reservar unos minutos para dedicarlos a la oración. Así puede elevar su corazón a Yahvé y darle las gracias por el don de un nuevo día. Su meditación fluye como un río, «en cauce manso y ancho», sin ruido de palabras. Repite el Shemá Israel (cfr. Dt 6,4) y los salmos del rey David son en muchas ocasiones inspiración para su plegaria.

María sabe que la memoria es un componente esencial de la fe del pueblo elegido. Es constante en la Biblia la exhortación de los escritores sagrados a Israel para que conserve el recuerdo de la providencia divina (cfr. Sal 78; Dt 4,9). Ella había reflexionado en numerosas ocasiones sobre esos textos: «Nuestra Madre ha meditado largamente las palabras de las mujeres y de los hombres santos del Antiguo Testamento, que esperaban al Salvador, y los sucesos de que han sido protagonistas. Ha admirado aquel cúmulo de prodigios, el derroche de la misericordia de Dios con su pueblo». Acostumbrada como estaba desde niña a conversar con el Señor en la intimidad de su corazón, consideraba su paternal protección y cómo su designio de salvación se había ido desplegando desde el inicio de los tiempos. En su oración había pedido con insistencia por el advenimiento del Mesías prometido.

A pesar de su juventud, María ha aprendido a hacer silencio para contemplar la presencia divina en su alma. Le gusta ponderar en su corazón (Cfr. Lc 2,19.51) los acontecimientos grandes y pequeños, para calibrarlos bajo el prisma de la providencia. Por eso no sorprende pensar que el ángel Gabriel, cuando se presentó ante ella para hacerle la propuesta más grande que se pueda plantear a una criatura, la encontrase recogida en oración. «No hay mejor forma de rezar que ponerse como María en una actitud de apertura, de corazón abierto a Dios: “Señor, lo que Tú quieras, cuando Tú quieras y como Tú quieras”. Es decir, el corazón abierto a la voluntad de Dios».