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Lectura espiritual

LUZ QUE NUNCA SE APAGA. La confesión en Cesarea y la Transfiguración

LUZ QUE NUNCA SE APAGA (1 de 5)
La confesión en Cesarea y la Transfiguración
Jaime Moya

Probablemente Pedro se sentía fuera de lugar. Mientras subía el monte Tabor con el Señor, en su interior se debatía y sufría al no entender. Sin duda, Jesús quería tener una manifestación especial de aprecio al llamarle junto a Santiago y a Juan para acompañarlo. Desde aquel episodio en Cesarea de Filipo, llevaría algunos días incómodo. ¿Por qué había anunciado Jesús que tendría que ser llevado a la muerte? ¿Por qué le había dirigido ese reproche tan duro?

Una alabanza

Acababan de llegar a la región de Cesarea de Filipo. Jesús, reuniendo a sus discípulos, les preguntó: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?». Todos comenzaron a expresar lo que habían oído, quizá con una sonrisa en la boca: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, y otros que Jeremías o alguno de los profetas». El Señor entonces les sorprendió con otra pregunta, esta vez más personal: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16,13-15).

Entonces se hizo el silencio. Nadie se atrevía a responder. Pedro, sin embargo, tomó la palabra: «Tú eres el Cristo, el hijo de Dios vivo» (Mt 16,16). Quizá pensaría que no había hecho nada especial: simplemente había dicho en alto lo que todos pensarían por dentro. Seguramente lo habrían hablado muchas veces, pero siempre en corrillo, en ese clima de confianza que se crearía cuando empezaban a hablar entre sí por la noche, intentando explicarse unos a otros lo que el Maestro había predicado.

«Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan –respondió Jesús–, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16,17-18). Tal vez el apóstol no lograra entender el significado de esta declaración del Señor. Una cosa sí que le habría quedado clara: él, Pedro, iba a ser un apoyo sólido para el Mesías. Jesús quería contar con él para hacer algo grande, algo que desafiaría al mismo infierno.

También hoy Cristo continúa llamando a los hombres a colaborar con él en la obra de la redención: «Hijos de Dios. –Portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras. El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine… De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna».