
«La Llaga Santísima de la mano derecha de mi Señor»
Lucas Buch
«Meteos en las llagas de Cristo», sugería san Juan de Ávila: «allí dice Él que mora su paloma, que es el ánima que en simpleza le busca». «Dentro de tus llagas, escóndeme», reza una conocida oración. También san Josemaría hará suyo este modo de acercarse al Maestro, tan arraigado entre los cristianos. Así, en 1933, anota: «Meterme cada día en una llaga de mi Jesús».
Esta es una de las devociones que mantendrá a lo largo de su vida entera, y que recomendará también a los jóvenes que se acerquen a él. Con todo, cobra un relieve especial a raíz de una experiencia que le abrió un panorama nuevo, inmenso, y que tuvo lugar en plena guerra civil española, mientras vivía en Burgos. Era una época de sufrimiento para él: sus hijos en el Opus Dei se encontraban desperdigados por la península; unos en los frentes de batalla, otros escondidos en distintos puntos, algunos de ellos todavía en la zona en que había persecución religiosa. Lo mismo sucedía con su madre y sus hermanos. De sus hijas espirituales, en fin, apenas tenía noticias. Además, algunos de los que antes le siguieron habían perdido la vida durante la guerra.
En estas circunstancias, san Josemaría se veía llamado a redoblar sus esfuerzos, su oración y, en particular, sus penitencias. Sin embargo, a primeros de junio de 1938, mientras se dirigía al Monasterio de las Huelgas, donde estaba llevando a cabo una tarea de investigación, recibe una especial luz de Dios, que describe en una carta a Juan Jiménez Vargas, ese mismo día y que expondremos el próximo jueves: