
PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO (2 de 5)
La gran esperanza
Lucas Buch
En su predicación y en sus conversaciones, san Josemaría ponía muchas veces la mirada en la vida de los primeros cristianos. La fe era para ellos, antes que una doctrina que había que aceptar o un modelo de vida que realizar, el regalo de una vida nueva: el don del Espíritu Santo, que había sido derramado en sus almas tras la resurrección de Cristo. Para los primeros cristianos, la fe en Dios era objeto de experiencia, y no solo de adhesión intelectual: Dios era Alguien realmente presente en su corazón. San Pablo escribía a los fieles de Éfeso, refiriéndose a su vida antes de conocer el Evangelio: «vivíais entonces sin Cristo, erais ajenos a la ciudadanía de Israel, extraños a las alianzas de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo» (Ef 2,11- 12). Con la fe, en cambio, habían recibido la esperanza, una esperanza que «no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5).
A la vuelta de veinte siglos, Dios no deja de llamarnos a esta «gran esperanza», que relativiza todas las demás esperanzas y decepciones. «Nosotros necesitamos tener esperanzas —más grandes o más pequeñas—, que día a día nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza solo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar».
Es bueno considerar si nos hemos acostumbrado a la realidad de un Dios que salva —un Dios que viene a llenarnos de esperanza—, hasta el punto de no percibir a veces en ella mucho más que una idea, sin fuerza real sobre nuestra vida. La Cruz, que parecía un gran fracaso a los ojos de quienes esperaban en Jesús, se convirtió con la Resurrección en el triunfo más decisivo de la historia. Decisivo, porque no se trata de un éxito limitado a Jesús: con él vencemos todos. «Esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe» en el Resucitado (1 Jn 5,4). Los discípulos de Emaús miraban al pasado con nostalgia. «Nosotros esperábamos», decían (Lc 24,21): no sabían que Jesús caminaba con ellos, que les abría un futuro apasionante, a prueba de cualquier otro desengaño. «Enciende tu fe. —No es Cristo una figura que pasó. No es un recuerdo que se pierde en la historia. ¡Vive!: Jesus Christus heri et hodie: ipse et in sæcula! (…) ¡Jesucristo ayer y hoy y siempre!».