
LA VOCACIÓN DE MARÍA (2 de 4)
La humildad de la llena de gracia
María Candela
El mensajero divino saluda a María con reverencia y entusiasmo:
«Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo» (Lc 1,28). El texto sagrado afirma que «ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué podía significar este saludo» (Lc 1,29). No sorprende a la Virgen la visita de un ser angélico, pero sí las palabras con las que se dirige a ella: «El mensajero saluda, en efecto, a María como “llena de gracia”; la llama así, como si este fuera su verdadero nombre. No llama a su interlocutora con el nombre que le es propio en el registro civil: “Miryam” (María), sino con este nombre nuevo: “llena de gracia”». Se le revela el nombre que el Señor ha pensado para su Madre desde toda la eternidad, el que mejor la describe. Ella, por contraste, ¡se sabe tan pequeña ante la grandeza del Creador! Y es precisamente esta humildad de María la que enamora a Dios y la convierte en objeto de su predilección: «La humildad es el secreto de María. Es la humildad la que atrajo la mirada de Dios hacia ella. El ojo humano busca siempre la grandeza y se deslumbra por lo que es ostentoso. Dios, en cambio, no mira las apariencias, Dios mira el corazón (cfr. 1S 16,7) y le encanta la humildad. La humildad de los corazones le encanta a Dios».
Continúa Gabriel su embajada: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin» (Lc 1,30-33). «Ne timeas, Maria! ¡No temas, María! También hoy podemos considerar como dirigidas a nosotros esas palabras: no tengas miedo. San Juan escribe en su primera carta algo sorprendente: “El que teme no es perfecto en el amor” (1Jn 4,17), que san Josemaría traducía así: “El que tiene miedo, no sabe querer” (Forja, n. 260). Señor, nosotros queremos saber quererte, crecer en el amor».
La joven, que ha escuchado desde la infancia la promesa mesiánica, comprende bien las palabras del mensajero celeste. Y a pesar de haber hecho la promesa de entregar a Dios por entero su alma y su cuerpo, descubre en ese momento que ha sido la escogida, entre todas las mujeres de Israel, para convertirse en la madre del Mesías. Como es habitual en ella, pone en juego todos sus talentos para discernir la voluntad divina. Aplica su inteligencia al mensaje recibido, y busca comprender cómo hacer compatible esa petición de Dios con el deseo de ser enteramente para él que siente en su corazón: «María le dijo al ángel: “¿De qué modo se hará esto, pues no conozco varón?”» (Lc 1, 34). No duda de que el plan divino vaya a cumplirse. Siempre ha deseado secundar la voluntad del Señor, pero quiere entender de qué manera la providencia resolverá los acontecimientos y cómo puede ella responder con generosidad y adhesión de corazón. «María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres».