
LUZ QUE NUNCA SE APAGA (1 de 5)
Sentir las cosas de Dios
Jaime Moya
Pedro se llenaría de cierto orgullo al escuchar aquella alabanza. No obstante, se inquietaría cuando el Señor «comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, por los príncipes de los sacerdotes y por los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar después de tres días» (Mc 8,31). Eso no podía ocurrir. Si él era el Mesías, como acababa de confirmarles, tendría que liberar a Israel y expulsar a los romanos para restaurar el reino de David. ¿Cómo sería posible si su propio pueblo le iba a condenar? No tenía sentido. Y Pedro, que se sentiría legitimado por el reciente elogio, se lo tenía que hacer saber.
En cierto modo, la manera de pensar del apóstol pervive también hoy. Se asocia el sufrimiento con el fracaso. De manera que, si uno emprende un camino y encuentra obstáculos, pensará que quizá se haya equivocado, o bien se desanimará porque no todo se desarrolla según sus planes. Por eso, cuando Pedro reprende a Jesús por lo que acaba de decir, el Señor le responde: «¡Apártate de mí, Satanás!, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres» (Mc 8,33).
El miedo, la desesperación o la desconfianza surgen también como consecuencia de la acción del demonio en el mundo y en cada uno de nosotros. A veces, es él quien nos lleva a rendirnos o nos hace perder la paz cuando algo en nuestra vida no se ajusta a nuestras expectativas. Sentir las cosas como Dios implica, en cambio, descubrir el rostro de Cristo en cada situación, tanto en las alegrías como en las penas. «El camino del cristiano, el de cualquier hombre, no es fácil. Ciertamente, en determinadas épocas, parece que todo se cumple según nuestras previsiones; pero esto habitualmente dura poco. Vivir es enfrentarse con dificultades, sentir en el corazón alegrías y sinsabores; y en esta fragua el hombre puede adquirir fortaleza, paciencia, magnanimidad, serenidad».
Así, cuando se acercan los momentos dolorosos, podemos renovar nuestro compromiso de ser piedra: no son circunstancias que nos indican que hemos fracasado en nuestra misión, sino oportunidad para madurar la vocación, abandonarnos en las manos de Dios y poner en él nuestra esperanza. «A veces pasamos por momentos de oscuridad en nuestra vida personal, familiar o social, y tememos que no haya salida. Nos sentimos asustados ante grandes enigmas como la enfermedad, el dolor inocente o el misterio de la muerte. En el mismo camino de la fe, a menudo tropezamos cuando nos encontramos con el escándalo de la cruz y las exigencias del Evangelio, que nos pide que gastemos nuestra vida en el servicio y la perdamos en el amor, en lugar de conservarla para nosotros y defenderla. Necesitamos, entonces, otra mirada, una luz que ilumine en profundidad el misterio de la vida y nos ayude a ir más allá de nuestros esquemas y más allá de los criterios de este mundo». Pedro todavía tardaría un tiempo en adquirir esa sensibilidad divina.
Para ello, Jesús le pediría días más tarde que le acompañara al monte Tabor.