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Detalles espiritual

EL CAMINO DE LA MANSEDUMBRE

Hablar con Dios
Francisco Fernández de Carvajal

La mansedumbre se apoya en una gran fortaleza de espíritu

II. La mansedumbre no es propia de los blandos ni de los amorfos; está apoyada, por el contrario, sobre una gran fortaleza de espíritu. El mismo ejercicio de esta virtud implica continuos actos de fortaleza. Así como los pobres son los verdaderamente ricos según el Evangelio, los mansos son los verdaderos fuertes. «Bienaventurados los mansos porque ellos, en la guerra de este mundo, están amparados contra el demonio y contra los golpes de las persecuciones del mundo. Son como vasos de vidrio recubiertos de paja o heno, que no se quiebran al recibir los golpes. La mansedumbre es como un escudo muy fuerte contra el que se estrellan y rompen los golpes de las agudas saetas de la ira. Van vestidos con vestidura de algodón muy suave que los defiende sin molestar a nadie».

La materia propia de esta virtud es la pasión de la ira, en sus muchas manifestaciones, a la que modera y rectifica de tal forma que no se enciende sino cuando sea necesario y en la medida en que lo sea.

Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Ante la majestad de Dios, que se ha hecho Niño en Belén, todo lo nuestro adquiere sus justas proporciones, y lo que podría convertirse en una gran contrariedad se queda en su exacta medida; la contemplación del nacimiento de Jesús nos sirve para avivar nuestra oración, extremar la caridad y no perderla paz. Junto a Él aprendemos a ser justos al valorar, en su presencia, los diversos incidentes de la vida ordinaria, a callar en otras ocasiones, a sonreír, a tratar bien a los demás, a esperar el momento oportuno para corregir una falta. También a salir en defensa de la verdad y de los intereses de Dios y de nuestros hermanos con toda la fuerza que sea necesaria. Porque a la mansedumbre, íntimamente relacionada con la humildad, no se opone una cólera santa ante la injusticia. No es mansedumbre lo que sirve de pabellón a la cobardía.

La ira es justa y santa cuando se guardan los derechos de los demás; de modo especial, la soberanía y la santidad de Dios. Vemos a Jesús santamente airado frente a los fariseos y los mercaderes del Templo. Encuentra el Señor el Templo convertido en una cueva de ladrones, en un lugar falto de respeto, dedicado a otras cosas que nada tenían que ver con la adoración a Dios. El Señor se enfada terriblemente, y lo demuestra con sus palabras y sus hechos. Pocas escenas nos han dejado los Evangelistas con tanta fuerza como ésta.

Y junto a la santa ira de Jesús con quienes prostituyen aquel santo lugar, su gran misericordia con los necesitados. Al mismo tiempo se acercaron a Él, en el Templo, varios ciegos y cojos, y los curó.