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Detalles espiritual

MEDITACIONES SOBRE LA SAGRADA EUCARISTIA. «SEÑOR JESUS, LIMPIAME...»

Hablar con Dios
Francisco Fernández de Carvajal

Jesús en Persona viene a curarnos, a consolarnos, a darnos fuerzas

II. El Señor viene en la Sagrada Eucaristía como Médico para limpiar y sanar las heridas que tanto daño hacen al alma. Cuando hemos ido a visitarlo, nos purifica su mirada desde el Sagrario. Pero cada día, si queremos, hace mucho más: viene a nuestro corazón y lo llena de gracias. Antes de comulgar, el sacerdote nos presenta la Sagrada Forma y nos repite unas palabras que recuerdan las que el Bautista dijo al oído de Juan y de Andrés, señalando a Jesús que pasaba: Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Y los fieles responden con aquellas otras del centurión de Cafarnaún, llenas de fe y de amor: Señor, no soy digno de que entres en mi casa… En aquella ocasión, Jesús se limitó a curar a distancia al siervo de este gentil, lleno de una fe grande. Pero en la Comunión, a pesar de que le decimos a Jesús que no somos dignos, que nunca tendremos el alma suficientemente preparada, Él desea llegar en Persona, con su Cuerpo y su Alma, a nuestro corazón manchado por tantas indelicadezas. Todos los días repite las palabras que dirigió a sus discípulos al comenzar la Ultima Cena: Desiderio desideravi... He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros…. ¡Cómo puede llenar nuestro corazón de gozo y de amor el meditar con frecuencia el inmenso deseo que tiene Jesús de venir a nuestra alma! Bien se puede pensar que «el milagro de la transubstanciación se ha realizado exclusivamente para vosotros. Jesús vino y habitó sólo para vosotros (...). Ningún intermediario, ningún agente secundario nos comunicará la influencia que nuestra alma necesita; vendrá Él mismo. ¡Cuánto debe querernos para hacer esto! ¡Qué decidido debe estar a que por parte suya no falte nada, que no tengamos ninguna excusa para rechazar lo que nos ofrece, cuando lo trae Él mismo! ¡Y nosotros tan ciegos, tan vacilantes, tan desdeñosos, tan poco dispuestos a darnos plenamente a Aquel que se da totalmente a nosotros!».

Las faltas y miserias cotidianas, de las que nadie está nunca libre, no son obstáculo para recibirla Comunión. «No por reconocernos pecadores hemos de abstenernos de la Comunión del Señor, sino más bien a prestarnos a ella cada vez con mayor deseo. Para remedio del alma y purificación del espíritu, pero con tal humildad y tal fe que, juzgándonos indignos de recibir tan gran favor, vayamos más bien a buscar el remedio de nuestras heridas». Sólo los pecados graves impiden la digna recepción de la Sagrada Eucaristía, si antes no ha tenido lugar la Confesión sacramental, en la que el sacerdote, haciendo las veces de Cristo, perdona los pecados.

La Redención, su Sangre derramada, se nos aplica de muchas maneras. De modo muy particular en la Santa Misa, renovación incruenta del sacrificio del Calvario. En el momento de la Comunión de manos del sacerdote, el alma se convierte en un segundo Cielo, lleno de resplandor y de gloria, ante el cual los ángeles sienten sorpresa y admiración. «Cuando le recibas, dile: Señor, espero en Ti; te adoro, te amo, auméntame la fe. Sé el apoyo de mi debilidad, Tú, que te has quedado en la Eucaristía, inerme, para remediar la flaqueza de las criaturas».