Cerrar

Detalles espiritual

MEDITACIONES SOBRE LA SAGRADA EUCARISTIA. PRENDA DE VIDA ETERNA

Hablar con Dios
Francisco Fernández de Carvajal

Participación en la Vida que nunca acaba

II. El Señor nos enseña con frecuencia en el Evangelio que muchas cosas que nosotros consideramos reales y definitivas son como imágenes y copias de las que nos aguardan en el Cielo. Cristo es la verdadera realidad, y el Cielo es la Vida auténtica y definitiva; la felicidad eterna, la que realmente tiene contenido, a cuya sombra la de esta vida no es sino un mal sueño. Cuando el Señor nos dice: El que come de este pan vivirá para siempre, nos habla del Alimento por excelencia y de la Vida que nunca acaba y que es la plenitud del existir. Para agradecer de todo corazón el inmenso regalo de Jesús presente en la Sagrada Eucaristía, pensemos que se nos da ya como Vida definitiva, como anticipo de la que tendremos un día para siempre en la eternidad; ante esta consideración, «todo el clamor y el estrépito de las calles, todas las grandes fábricas que dominan nuestros paisajes -escribe R. Knox-, son sólo ecos y sombras si pensamos por un momento en ellas a la luz de la eternidad; la realidad está aquí, está encima del altar, en esa parte del mismo que nuestros ojos no pueden ver ni nuestros sentidos distinguir. El epitafio colocado en la tumba del Cardenal Newman debería ser el de todo católico -afirma este autor inglés-: Ex umbris et imaginibus in veritatem, desde las sombras y las apariencias hacia la verdad. Cuando la muerte nos lleve a otro mundo, el efecto no será el de una persona que se duerme y tiene sueños, sino el de una persona que se despierta de un sueño a la plena luz del día. En este mundo estamos tan rodeados por las cosas de los sentidos, que las tomamos por la realidad absoluta. Pero algunas veces tenemos un destello que corrige esta perspectiva errónea. Y, sobre todo, cuando vemos al Santísimo Sacramento entronizado, debemos mirar a ese disco blanco que brilla en la Custodia como si fuera una ventana a través de la cual, por un momento, llega hasta aquí la luz del otro mundo», el que contiene toda plenitud.

Cuando contemplamos la Sagrada Forma en el altar o en la Custodia, vemos a Cristo mismo que nos anima y alienta a vivir en la tierra con la mirada en los Cielos, en Él mismo, a quien veremos glorioso, rodeado de los ángeles y de los santos. Aquí en la tierra es Cristo en persona quien acoge al hombre, maltratado por las asperezas del camino, y lo conforta con el calor de su comprensión y de su amor. En la Eucaristía hallan su plena actuación las dulcísimas palabras: Venid a Mí, todos los que estáis fatigados y cargados, que Yo os aliviaré. Ese alivio personal y profundo, que es la única medicina verdadera de toda nuestra fatiga por los caminos del mundo, lo podemos encontrar -al menos como participación y pregustación- en ese Pan divino que Cristo nos ofrece en la mesa eucarística. No dejemos de recibirle como merece.