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Detalles espiritual

MEDITACIONES SOBRE LA SAGRADA EUCARISTIA. ALIMENTO PARA LOS DÉBILES

Hablar con Dios
Francisco Fernández de Carvajal

El Pan vivo

II. Tú les diste pan del Cielo, había escrito el salmista, pensando en aquella maravilla, blanca como el rocío, que un día encontraron los israelitas en el desierto cuando las provisiones escaseaban. Pero aquello, como lo declara el Señor en la sinagoga de Cafarnaún, no era el verdadero Pan del Cielo. En verdad os digo, que no os dio Moisés pan del Cielo, sino que mi Padre os da el verdadero Pan del Cielo. Pues el Pan de Dios es el que ha bajado del Cielo y da la vida al mundo. Ellos le dijeron: Señor, danos siempre de ese pan.

La verdadera realidad está en el Cielo; aquí encontramos muchas cosas que consideramos como definitivas y en realidad son copias pasajeras en relación con las que nos aguardan. Cuando, por ejemplo, Jesús habla a la samaritana del agua viva, no quiere decir agua fresca o agua corriente, como al principio supone la mujer; quiere indicarnos que no sabremos lo que realmente quiere decir agua hasta que tengamos experiencia directa de aquella realidad de la gracia de la cual el agua es sólo una pálida imagen.

Lo mismo ocurre con el pan, que durante muchos siglos ha sido alimento básico, y a veces casi único, para el sustento de muchos pueblos. El pan que sirve de alimento y el maná que recogían cada día los israelitas en el desierto son signos e imágenes desvaídas para que pudiéramos entender lo que debe representar la Eucaristía, Pan vivo queda la vida al hombre, en nuestra existencia. Quienes oyen a Jesús saben que el maná que sus antepasados recogían todas las mañanas era símbolo de los bienes mesiánicos; por eso, en aquella ocasión pidieron a Jesús un portento semejante. Pero no podían sospechar que el maná era figura del don inefable de la Eucaristía, el pan que ha bajado del Cielo y da la Vida al mundo. «Aquel maná caía del cielo, éste está por encima del Cielo; aquél era corruptible, éste no sólo es ajeno a toda corrupción sino que comunica la incorrupción a todos los que lo comen con reverencia (...). Aquello era la sombra, esto es la realidad» (12). Este sacramento admirable es sin duda la acción más amorosa de Jesús, que se entrega no ya a la humanidad entera sino a cada hombre en particular. La Comunión es siempre única e irrepetible; cada una es un prodigio de amor; la del día de hoy es siempre diferente a la de ayer; nunca se repite del mismo modo la delicadeza de Jesús con nosotros, y tampoco se debe repetir el amor que se renueva incesantemente, sin rutina, cuando nos acercamos al banquete eucarístico.

Ecce panis angelorum... He aquí el pan de los ángeles, hecho alimento de los caminantes; es verdaderamente el Pan de los hijos, que no debe ser echado a los perros, canta la liturgia. Día tras día, año tras año, es nuestro alimento indispensable. El Profeta Elías realizó un viaje a través del desierto que duró cuarenta días con la energía que le proporcionó una sola comida que le fue enviada por el ángel del Señor. Y a los cristianos que vivan en lugares donde les sea imposible comulgar, el Señor les otorgará las gracias necesarias, pero normalmente la Sagrada Eucaristía es la que restablecerá nuestra debilidad en cada día de marcha por esta tierra en la que nos encontramos como peregrinos.