
Hablar con Dios
Francisco Fernández de Carvajal
Fe y Eucaristía
II. Jesús aseguró a Tomás que eran más dichosos aquellos que sin ver con los ojos de la carne tienen, sin embargo, esa aguda visión de la fe. Por eso les anunció durante la Ultima Cena: Conviene que Yo me vaya. Cuando estaba con sus discípulos y recorría los caminos de Palestina, la divinidad de Jesús estaba lo suficientemente oculta para que ellos ejercitaran constantemente la fe. Ver, oír, tocar significan poco si la gracia no actúa en el alma y no se tiene el corazón limpio y dispuesto para creer. Ni siquiera los milagros por sí mismos determinan a la fe si no hay buenas disposiciones. Después de la resurrección de Lázaro muchos judíos creyeron en Jesús, pero otros fueron a ver a los fariseos con ánimo de perderle. El resultado de la reunión del Sanedrín, que tuvo lugar a raíz de estos testimonios, se concreta en una frase recogida por San Juan: Desde aquel día decidieron darle muerte.
En el fondo, la suerte de aquellos que estuvieron con Él, le vieron, le oyeron y le hablaron es la misma que la nuestra. Lo que decide es la fe. Por eso escribe Santa Teresa que «cuando oía decir a algunas personas que quisieran ser en el tiempo que andaba Cristo nuestro bien en el mundo, se reía entre sí, pareciéndome que teniéndole tan verdaderamente en el Santísimo Sacramento como entonces, qué más se les daba».
Y el Santo Cura de Ars señala que incluso nosotros tenemos más suerte que aquellos que vivieron con Él durante su vida terrena, pues a veces habían de andar horas o días para encontrarle, mientras nosotros le tenemos tan cerca en cada Sagrario. Normalmente es bien poco lo que hemos de esforzarnos para encontrar al mismo Jesús.
Al Señor le vemos en esta vida a través de los velos de la fe, y un día, si somos fieles, le veremos glorioso, en una visión inefable. «Después de esta vida desaparecerán todos los velos para que podamos ver cara a cara». Todo ojo le verá, nos dice San Juan en el Apocalipsis, y sus siervos le servirán y verán su rostro. Mientras tanto, en esta vida, creemos en Él y le amamos sin haberle visto. Pero un día le veremos con su cuerpo glorificado, con aquellas santísimas llagas que mostró a Tomás. Ahora le confesamos como a nuestro Dios y Señor: ¡Señor mío y Dios mío!, le diremos tantas veces. En este rato de oración le pedimos: Haz que yo crea más y más en Ti, con una fe más firme; que en Ti espere con una esperanza más segura y alegre; que te ame con todo mi ser.
Hoy, al considerar una vez más esa proximidad de Jesús en la Sagrada Eucaristía, hacemos el propósito de vivir muy unidos al Sagrario más cercano. Nos ayudará saber cuál es el más próximo a nuestro lugar de trabajo o a nuestro hogar. Tendremos siempre esta referencia en nuestro corazón: cuando practicamos algún deporte, mientras viajamos..., pues «es muy buena compañía la del buen Jesús para no separarnos de ella y de su sacratísima Madre», siempre cerca de su Hijo.
«Acude perseverantemente ante el Sagrario, de modo físico o con el corazón, para sentirte seguro, para sentirte sereno: pero también para sentirte amado..., ¡y para amar!».